PROBLEMAS
CONYUGALES
"La pareja
de recién casados llegó al hotel en el coche grande, casi
provocativo, que les había dejado un tío para esta ocasión.
Los familiares, los amigos y curiosos de siempre, acogieron a los
nuevos esposos con un aplauso; un romántico les tiró una rosa
que acababa de cortar en el jardín del hotel cuando nadie le
veía. La novia apareció en la ventanilla del coche, sonriente,
como una flor recién abierta que decide tirar para adelante en
la vida. La madre de la novia se fijó en el velo de su hija; se
dio cuenta de que lo llevaba un poco ladeado; no comprendió por
qué, pero, de pronto, se le agolparon recuerdos de su hija desde los
primeros meses de su vida; ¡casi siempre se le ladeaba el
gorrito en la cabeza! Al recordar aquella niña rubita, con el
gorrito un poco ladeado, los ojos se le llenaron de lágrimas, de
ternura..., ¡y de miedo!; el futuro de su hija se le echó encima
como una tormenta que temblaba con truenos de preguntas para las
que ella no tenía repuesta: ¿será feliz? ¿se ladeará
también su vida en el matrimonio?"
Aunque generalmente ocultas en la intimidad del matrimonio, dificultades más o menos graves amenazan la armonía conyugal de innumerables parejas.
Las situaciones
conflictivas en la esfera matrimonial tienen repercusiones serias tanto
en el orden espiritual como en el social. Un hombre o una mujer
que no vive en buena relación con su cónyuge difícilmente
podrá mantener una auténtica comunión con Dios. Como consecuencia,
fácilmente caerá en la amargura o en el resentimiento, circunstancias
propicias para toda suerte de crisis o deslices. Por otro lado,
la tensión afectará a las relaciones con sus hijos, con sus compañeros,
con la Iglesia. Incontables actitudes irascibles, de oposición
sistemática, de intolerancia, de crítica negativa han tenido su
origen en conflictos matrimoniales sin resolver.
Cuando dos casados
se distancian, las conductas negativas se multiplican; la sexualidad
funciona mal y el deseo de agradarse mutuamente está perdido; a
veces se tiene la impresión de que se han especializado en
fastidiar al otro. Las mujeres saben muy bien que un
distanciamiento sexual es un modo eficaz de decirle a su marido:
"¡No estoy satisfecha de vivir contigo!". El hombre
también tiene su modo típico de respuesta: se vuelve seco en su
relación con la esposa, impone con una decisión tajante lo que
hay que hacer y restringe el dinero hasta la miseria.
Para que tu
matrimonio dure conviene que tengas en cuenta que el matrimonio
no es un lotería, que existen riesgos, los fracasos, las alegrías
y las penas. Conviene que la pareja se forme adecuadamente, no
por impulso, que exista una relación positiva, de diálogo, un
deseo de avanzar en común. En el proceso del matrimonio hay que
ir superando diferentes etapas, resolver conflictos y situaciones
adversas, luchar por mantener siempre abiertos los canales de
comunicación.
EL PERDON
DENTRO DEL MATRIMONIO.
"Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas" (Cnt 2:15).
Pequeños malentendidos, palabras dichas sin pensar en sus consecuencias, resentimientos no ventilados, todo ello pasa al subconsciente, sumando al pasar los días un saldo en contra agobiante que determina nuestra actitud frente al cónyuge y valora entonces falsamente las experiencias del día y de la noche. Los resultados son fatales. Al poco tiempo no hay entendimiento posible, por grande que parezca ser el amor.
Cuando estas cosas surjan es importante seguir el mandamiento del apóstol: (Ef 4:26) "No se ponga el sol sobre vuestro enojo". Algunas veces es imposible aclarar situaciones o palabras antes de que se ponga el sol, pero no es imposible hacerlo antes de que salga de nuevo. Cuántas veces justificamos un resentimiento o un enojo. Es mejor hablar reposadamente, orar, y así se logra dar nombre o percibir al menos aquel enojo, aquella ofensa provocada por mí o por mi cónyuge, una palabra o la equivocada interpretación de un gesto... Será necesario entonces que intervenga el perdón, si realmente estamos dispuestos a poner en claro nuestra situación.
Decía un cristiano: "Dios nos dio el supremo don del perdón, pero si no existiera, debería inventarse, pues sin perdón no hay matrimonio posible".
Aquí hay que
tener en cuenta las palabras de Santiago (Stg 5:16) "Confesaos vuestras
ofensas unos a otros y orad por otros para que seáis
sanados". Estas palabras tienen un gran valor en la
iglesia y son a menudo olvidadas sin confesión no hay
arrepentimiento y sin arrepentimiento no hay perdón , pero en
el matrimonio esta verdad tiene más valor si cabe por cuanto las
relaciones son más íntimas.
CAUSAS
FRECUENTES DE CONFLICTOS CONYUGALES.
Introducción.
Las directrices divinas son válidas para todos los hombres, sean creyentes o no. La obediencia a la Palabra de Dios, la Biblia, es siempre fuente de bendición.
El desprecio de
los principios divinos siempre acarrea consecuencias graves y a veces
irreparables. No se puede salir victorioso de estos problemas
contando con las propias fuerzas. El único recurso es Cristo.
Sin tratar de ser
exhaustivos, enumeraremos algunas de las más corrientes:
1. Ignorancia
en cuanto a la verdadera naturaleza del matrimonio.
En el concepto
bíblico un matrimonio es mucho más que la suma de un hombre y
de una mujer. La figura de la Iglesia como la Esposa de Cristo
empleada por Pablo en (Ef 5:21 33), es la más íntima
de cuantas usa el apóstol, puesto que la relación que encierra
es interpersonal, es decir, entre dos personas que, siendo esencialmente dos,
se identifican estrechamente y no meramente biológica o
funcionalmente, como en el caso de las otras figuras del cuerpo o
el edificio empleadas también en esta misma Epístola.
Con todo, suele
pensarse en el matrimonio como el estado en el que va a encontrarse
una felicidad maravillosa. Pero esa felicidad no se "encuentra";
se hace a base de prolongados años de esfuerzo, de abnegación,
de comprensión, respeto y amor recíproco. Antes de emprender el
camino, y una vez que la pareja se encuentra ya en él, es
imprescindible un mínimo de realismo y madurez. Ni ella debe ver en
él el príncipe soñado en su adolescencia, ni él en ella el
hada encantadora que va a convertir en dicha todo cuanto ilumine
con su presencia. Ambos cónyuges son humanos, lo que implica un
cúmulo de defectos y debilidades que deben ir superándose en un
afán constante de seguir adelante juntos.
A continuación
describimos algunos de los ejemplos de lo que no es un
matrimonio, y que por lo tanto, debemos evitar.
a) Matrimonios de dos "aislados".
Son aquellos en la
que el hombre y la mujer viven juntos, quizá durante muchos
años; comen juntos, se acuestan juntos... parecen que están
sincronizados; hasta las vacaciones las pasan juntos; pero viven
"separados". Son como dos pinos que reciben el sol y el
agua en la misma ladera; pero que nunca han entrelazado de verdad
sus ramas; están juntos y separados; no se da entre ellos una
verdadera relación interpersonal. En realidad viven
"aislados", encerrados cada uno en su propio mundo;
sólo para quien los mira "desde fuera", pueden
aparecer formando una pareja verdadera. No se fían el uno del
otro; cuando te descubren su interioridad, te dicen que no hay mayor
soledad que la de su propio aislamiento.
b) Matrimonios "simbióticos".
Son todo lo
contrario del matrimonio anterior. Algunos pueden creer que es la
pareja ideal; dicen: "nosotros pensamos lo mismo, tenemos los
mismos gustos", y se miran complacidos, como si pusieran delante
de ti el cromo ideal de lo que debe de ser un verdadero matrimonio.
Si lo miras bien, no son dos personas que "viven
juntas", sino un hombre y una mujer que, como dice de los
simbióntes el diccionario de la Real Academia, son, más bien,
una asociación de dos en la que ambos asociados sacan provecho
de la vida en común. En realidad, ninguno da nada; cada uno toma
del otro lo que necesita para satisfacer sus propias necesidades.
Un hombre autoritario busca una mujer débil que le siga y le dé
la razón en todo. También la mujer débil necesita un bastón
en el que apoyar su paso vacilante para sentirse segura; la
pareja se convierte así en una complicada construcción de mutuo
apoyo y dependencia; si uno de los dos falla en su papel, la
pareja se derrumba, como un edificio que se queda sin cimientos.
c) Matrimonio "jurídico".
Hay padres que
descansan cuando sus hijos, ¡por fin! se casan. Pero ni el
juzgado ni la iglesia pueden conseguir que exista un verdadero matrimonio.
d) Matrimonio "flechazo".
Ya sabes muy bien
lo que significa una pareja "flechazo"; es la pareja que
nace y vive sólo desde el enamoramiento. Todo fue precipitado; él
era como un sol que ciega; ella, una luna hechicera con sus encantos.
Un matrimonio no puede edificarse sobre un mero sentimiento; el
sentimiento es una tierra de arena que no aguanta el peso de una
vida de muchos años. El amor sólo puede darse cuando se
desvanecen las imágenes emotivas que el otro ha despertado en nosotros;
algún día descubren los dos que ni él es un sol, ni ella una luna
hechicera (en relación a esto puedes leer la experiencia de Sansón
en Jue capítulos 14 al 16).
Se pueden multiplicar el número de los diversos modos de formar pareja que no tiene garantía de futuro, porque no existe consistencia en sus cimientos. Lo que no se puede terminar, es mejor no empezarlo. Las cosas no se arreglan con el matrimonio, se empeoran. Si durante el tiempo de noviazgo hay peleas frecuentes, alcoholismo, droga, enfrentamientos con los familiares del otro, falta de reconocimiento, autoritarismo... ¿cómo podrá mantenerse en pie la torre cuando vengan las lluvias y soplen los vientos de una vida de pareja continuada?
(Lc 14:28) "Porque, ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?".
(Mt 7:24 27) "Cualquiera,
pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un
hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia,
y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella
casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero
cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé
a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y
descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron
con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su
ruina".
2. Falta de
respeto al orden divino para el esposo y la esposa.
En (Ef 5:21
33), el amor del esposo por la esposa, con todo lo que esto
implica, y la obediencia de ésta al marido, viene a ser una
figura sublime de las relaciones íntimas entre Cristo y su
Iglesia.
a) El orden para las esposas:
Es digno de notar
que el apóstol exhorta a la obediencia y a la sumisión aquí,
porque tal actitud de la esposa hacia su marido refleja la de la
Iglesia hacia Cristo, su Cabeza (v. 23). Es decir, el
varón representa el principio de autoridad en el núcleo familiar,
de la misma forma que Cristo ostenta la hegemonía sobre los
suyos. Pero hay más, otra razón por la que ha de haber
obediencia, tanto en la sublime figura como en la realidad
práctica: Cristo es el Salvador (o Defensor) de la Iglesia que
se entregó por ella, la cuida, etc. Desde luego, el planteamiento
es muy elevado, pero no por eso deja de ser un ideal realizable
por el creyente en el poder del Espíritu Santo. En vista de su
amorosa entrega a favor de ella, la Iglesia frente a Cristo, y la esposa frente
a su marido, deben corresponder con gratitud y obediencia. Se
entiende que la frase "en todo" que podría
parecer excesivamente fuerte si se considerase solamente desde el
punto de vista humano, quiere decir: en todo aquello que implica la responsabilidad
de ella en la esfera familiar, de la que es cabeza su esposo. No quiere
decir por supuesto que ha de obedecer en el caso de mandarla
hacer alguna cosa contraria a la voluntad de Dios (porque en este
caso el marido excede sus funciones, siendo todo "en el Señor"),
ni tampoco que la mujer no puede desarrollar su personalidad y
sus dones en todo lo que desea, con tal que esto esté acorde con su
papel de esposa. Con todo, pondrá en primer lugar su deber
familiar, porque es "al Señor" que así la ha
creado y en sus providencias la ha guiado al matrimonio.
Por último,
nótese como el apóstol puntualiza cuidadosamente que la obediencia mandada
ha de ser únicamente al propio esposo de cada una, no a los
maridos de otros o a los hombres en general, ya que se trata del
núcleo familiar particular del que ella forma parte.
b) El orden para los maridos:
Si la palabra clave acerca de las esposas es la obediencia, no hay ningún lugar a dudas que la responsabilidad del hombre hacia su mujer es el amor, y esto no según un modelo puramente convencional, sino según el ejemplo de Cristo. Como en otros contextos neotestamentarios, la palabra amor (ágape) aquí no equivale a una emoción romántica o sentimentaloide, sino a algo muy práctico y altruista, que busca el bien de la esposa y se sacrifica para cuidarla, en obediencia a la voluntad de Dios.
La esencia del
amor divino es sacrificio, que da la pauta para la entrega mutua
que ha de ser el fundamento y la esencia del amor conyugal.
c) Respetar el orden sin condiciones.
Con todo, lo que
no puede admitirse es una simple reciprocidad, sobre la base de "yo
te obedeceré, si tú haces tal y tal...", o viceversa si se
trata del hombre. Aun cuando una de las partes falle, la otra
tiene la obligación delante del Señor de seguir con su
responsabilidad en todo lo que pueda y pese a las dificultades
que ello le deparase (1 Pd 3:1 6).
d) Reconociendo las diferencias.
La diferencia es que mientras que la necesidad primaria de una mujer es el amor, en el hombre es el respeto. Ambos, tanto los hombres como las mujeres necesitan de amor y respeto, pero al parecer las mujeres desean una profunda relación de amor. El amor motiva a una mujer y satisface su más profunda necesidad. Los hombres, por otro lado, anhelan ser respetados como los proveedores y protectores del hogar.
Para que un hombre
se sienta respetado por su esposa, necesita saber que ella lo apoya,
que lo respalda y lo admira; que ella cree en él y está
dispuesta a defenderle. El necesita la seguridad de que ella le
va a animar y que es su mayor admiradora.
e) Cómo me demuestra amor mi esposo.
Inicia reuniones familiares para leer la Biblia y orar juntos.
Me da muestras de afecto en público.
Comenta a otras personas: "mi esposa es una persona muy especial".
Hace cosas conmigo que a mí me gustan, pero a él no.
Exterioriza su amor por mí con otros, haciendo alarde de mí.
Perdona rápidamente y muestra una aceptación y amor incondicional.
Se asegura de que yo tenga tiempo para mí y para el Señor.
Me hace regalos especiales y sorpresas.
Se acuerda de los días especiales.
Me escucha mirándome a los ojos, en silencio y recuerda lo que yo le dije.
Valora mis sentimientos, aun cuando éstos no sean ni lógicos ni racionales.
Comparte sus sentimientos conmigo y me demuestra su confianza.
Ama a nuestros hijos y nota todas las pequeñas cosas que ellos hacen.
Se da cuenta de cómo me veo y cómo me visto.
Me halaga por las cosas especiales que hago y nota cuando he trabajado duro en algo.
Me ayuda con trabajos de rutina en la casa, como recoger la mesa y limpiarla.
Me consiente cuando estoy enferma.
Tiene amor e interés en mi familia.
Es sensible a mi temperamento y cuando estoy deprimida me da ánimo y me dice cosas amables.
Es disciplinado
y se fija metas.
f) Cómo me demuestra respeto mi esposa.
Ella me dice que confía en mí.
Me honra, apoya y me elogia en público y en frente de nuestros hijos.
Hace tiempo para mí y se ofrece a hacer cosas que me interesan.
Busca mi consejo.
Me anima para que sea todo lo que puedo llegar a ser.
Nunca me critica en público.
Escucha atentamente.
Confía en mis decisiones y las apoya.
Ella habla de cuánto me ama y me respeta.
Me reafirma, diciéndome que otros me buscan para pedirme consejo.
Me otorga libertad y respeta mi privacidad.
No coquetea con otros hombres.
Tiene en alta estima quién soy yo, lo que hago y lo que digo.
Prepara mis comidas preferidas.
Me permite
soñar y fijar metas, y luego me ayuda a lograr esos sueños.
3. Retraso en
la evolución de la adolescencia a la madurez.
Caracteriza a la
adolescencia un proceso de ruptura, de desvinculación, tendente
a la autonomía y la autoafirmación. Se manifiesta este proceso
particularmente en relación con los padres. Pero cuando el joven
ha logrado su emancipación ha de entender que debe usar su
libertad dignamente. Tratar de retener su independencia en el
matrimonio, lo que suele engendrar actitudes tiránicas, es
sellar de antemano su destrucción.
Cuando Pablo, en
su carta a los Efesios, establece un símil entre Cristo y el
esposo, presenta al Señor no como a tal, sino más bien como
siervo que se da hasta el supremo sacrificio por amor a la Iglesia.
Marido y mujer deben aprender en la práctica la gloriosa servidumbre
del amor.
4. Falta de
afinidades básicas.
No es necesario
que marido y mujer tengan el mismo temperamento. Esto más bien puede
resultar negativo. Cargas de electricidad del mismo signo se
repelen, y algo análogo suele suceder en el matrimonio.
Una pareja en la
que ambos tengan, por ejemplo, un carácter dominante o sean fácilmente
irritables vivirá en un estado de tensión casi constante. Es
mucho más fácil que los esposos se complementen si son
distintos temperamentalmente.
Lo importante,
casi decisivo, es que entre ambos existan afinidades básicas,
puntos de vista y sentimientos comunes en cuanto a cuestiones
fundamentales: vida espiritual, sensibilidad, vocación profesional,
intereses culturales, concepto de la vida sexual, de la educación
de los hijos, del trabajo, del dinero, de la amistad, de la hospitalidad,
de las diversiones, etc. Cuanto mayor sea el número y el grado
de estas afinidades, tanto mayor será el número de posibilidades
de lograr un matrimonio armonioso y feliz. Si, por el contrario,
estas afinidades faltan, el matrimonio difícilmente sobrepasará
los límites de una simple coexistencia, pacífica en el mejor de
los casos, pero opaca, insulsa.
Si por ejemplo la mujer trabaja en casa, puede sobrevenirle un sentimiento de soledad, agravado por la incomunicación que tiene lugar al regreso del marido. Si esta soledad se hace obsesiva, puede degenerar en adiciones enfermizas: a la TV, al alcohol, a las máquinas tragaperras, etc.
La realización de
actividades en común (que satisfagan los gustos, ahora de uno, ahora
del otro) son muy importantes, indispensables incluso. Cuando
siempre cede el mismo, se suele pasar factura.
5. Influencia
perniciosa de los padres.
Antes de casarse
un hombre o una mujer, el lazo familiar más estrecho que tienen
es con sus padres, y a ellos deben la obligación mayor, pero el
nuevo lazo y la nueva obligación que involucra el matrimonio
trasciende el viejo. No cesa el deber filial, pero la relación más
íntima y por tanto la lealtad más alta, desde ese momento en adelante,
es entre marido y mujer, y los padres sólo harán peligrar aquella
relación si tratan de inmiscuirse en los asuntos del nuevo matrimonio.
Ha de haber una renuncia resuelta de parte de los padres de la
autoridad sobre sus hijos, y una correspondiente salida del hogar
paternal por parte de los hijos, para formar desde este momento
en adelante su propia familia.
No es sin motivo
el que en el plan divino se incluya la norma de que el hombre
deje a su padre y a su madre (Gn 2:24). Para las madres, sobre
todo, resulta difícil aceptar la emancipación total del hijo.
Las más dominantes pretenden mantener su autoridad sobre éste e imponer
sus criterios en el nuevo hogar que él ha formado. La colisión con
la nuera es prácticamente inevitable. En estos casos, el hijo y esposo
se ve cogido entre dos fuegos. Por hábil que sea, las tensiones
en su matrimonio irán en aumento.
Lo que se dice
respecto al esposo y sus padres tiene igualmente aplicación a la mujer.
En cualquiera de los casos, cuando las pugnas arrecian, se impone
un distanciamiento de los padres, sin que tal distanciamiento
haya de significar enemistad.
6. Ignorancia
o desajustes sexuales.
Resulta muy
elevado el porcentaje de matrimonios seriamente deteriorados por
este motivo. Es deplorable que tantas parejas vayan al matrimonio
sin la menor orientación relativa al factor sexual y su enorme
importancia en la sana convivencia conyugal.
Unas veces la
falta está en el marido. Porque desconoce o porque hace caso
omiso de las diferencias entre hombre y mujer en el juego erótico
con sus diversas fases que culminan en el orgasmo, actúa buscando
tan sólo su propia satisfacción, dejando las más de las veces
a la esposa en la más completa insatisfacción. Esta experiencia,
si se repite con frecuencia, puede conducir a la mujer a una
actitud más o menos consciente de repulsión hacia el acto
sexual, sobre todo si llega al convencimiento de que ella se ha
convertido en un mero objeto de placer para su marido, quien vive
este momento de la relación matrimonial en un plano meramente físico,
sin la aportación de toda la riqueza de sentimientos, delicadeza
y ternura que tal experiencia exige.
Otras veces, la
causa del problema radica en la mujer. La pasividad es
consustancial con la naturaleza femenina; pero a menudo se convierte
en resistencia que adquiere las más diversas formas. En la conciencia
de muchas mujeres subyace un gran estrato de prejuicios opuestos
al coito. Esto sucede especialmente en países de tradición católicoromana,
donde, hasta hace poco, el ayuntamiento carnal en el matrimonio
era considerado por muchas mujeres como una impureza tolerada.
Esos prejuicios subsisten en muchas mujeres convertidas al Evangelio
que no han llegado a asimilar la enseñanza bíblica relativa al
sexo y al matrimonio. ¡Ignorancia fatal!
Diferente es el
caso de la mujer frígida, cuya condición se debe no a prejuicios morales
o religiosos sino a causas orgánicas o funcionales. Esta
anomalía debe ser tratada por un especialista.
Dado el hecho de
que los impulsos sexuales, sobre todo en el hombre, tienen una fuerza
enorme, es imprescindible que la pareja llegue a un acoplamiento
sexual satisfactorio. Lo contrario es abrir de par en par la
puerta a peligrosas tensiones y tentaciones.
Los problemas más habituales en la relación erótica son:
La mujer suele pasar de la rutina al hastío, el fingimiento, la negación.
Ante las negativas de la mujer (para quien hay otras cosas más importantes y más satisfactorias en el matrimonio), el hombre centraliza su matrimonio en el erotismo hasta llegar a lo obsesivo.
El mecanismo de compensación podrá ser una regresión a la adolescencia y sus desviadas actividades eróticas, o la búsqueda de actividad erótica fuera del matrimonio.
La mujer puede
utilizar la negativa erótica como mecanismo de venganza contra
las incomprensiones y egoísmos del marido.
7. Falta de
comunicación.
La comunión exige
comunicación. La falta de ésta origina situaciones deplorables
en más de un cincuenta por ciento de matrimonios.
Debe tenerse en cuenta, no obstante, que la comunicación no es sinónimo de locuacidad. Hay personas que hablan mucho y no dicen nada. Pueden conversar durante horas sobre trivialidades o sobre terceras personas, pero sin hacer la menor declaración acerca de sus pensamientos íntimos, de sus sentimientos, anhelos, inquietudes, errores o pecados etc.
El esposo o la esposa, o ambos, nunca llegarán a tener suficiente confianza en su cónyuge para abrirse a él plenamente si piensan que desvelar su propia interioridad es poner al descubierto defectos que pueden perjudicar más que beneficiar las buenas relaciones.
Sin duda, la comunicación a nivel profundo tiene sus problemas. Entraña el temor a la reacción de la otra persona, sobre todo si ésta es hipersensible o iracunda. Un sentimiento de inferioridad puede hacer temer la derrota en la discusión del problema. Preocupa seriamente la posible pérdida de prestigio como consecuencia de la confesión de faltas y pecados, la decepción que puede sufrir el otro cónyuge y su distanciamiento íntimo.
A estos inconvenientes puede añadirse: a) La dificultad que muchas personas tienen para escuchar, para comprender, para colocarse en el lugar del otro y penetrar en los conflictos y circunstancias que pueden haber determinado sus comportamiento. b) Los rasgos temperamentales que a muchas personas inducen al retraimiento más que a la comunicación. c) El convencimiento, equivocado, de que todo esfuerzo de comunicación es inútil. Las frustraciones acumuladas a lo largo de años se ven como un muro infranqueable.
A pesar de todo, la comunicación sin reservas debe practicarse con perseverancia:
No rehusando los temas de fricción o controversia, pero controlando los sentimientos de modo positivo.
Atacando el problema, no a la persona.
Esforzándonos en comprender con el mismo empeño que ponemos para ser comprendidos.
No mezclar a terceras personas. Una discusión entre dos, exclusivamente, es más fácil de terminar que si toma parte en ella todo el pueblo o toda la familia.
No mezclando temas y anécdotas del pasado en la discusión. Algunos aprovechan un momento de tensión para recordar temas del mismo viaje de boda.
Perdonando y olvidando el pasado, sin tratar de resucitar muertos.
Aceptando la posibilidad de que estemos equivocados y estando dispuestos a reconocer nuestros yerros.
Desterrando las frases hirientes.
Orando el uno
por el otro, individualmente y juntos. Hay "espíritus" léase
actitudes, temores, resentimientos, etc. que sólo son echados por
la dinámica de una fe que recurre a Dios en oración (Mc
9:29).
El libro de Cantar
de los Cantares es una bella ilustración de cuanto llevamos
dicho sobre la comunicación en el matrimonio. La estructura del
poema es esencialmente una sucesión de diálogos, entre los que sobresalen
los de los dos grandes protagonistas: el esposo y su amada. En
sus relaciones, no todo es ardor romántico, no todo es perfección.
También hay egoísmo, negligencia, frustración, distanciamiento
y así el amor se robustece hasta hacerse "fuerte como la
muerte"; se inflama hasta convertirse en llama que "las muchas
aguas no podrán apagar" (Cnt 8:6 7). Lo que
pudo haber acabado en una dramática separación concluye con el
triunfo de un amor que supo hallar los cauces de la
comunicación.
La experiencia en
muchos otros casos ha demostrado lo inescapable del dilema: comunicarse
o perecer.
Hemos estado
hablando sobre la comunicación, especialmente en lo que
concierne a marido y mujer. Pero ¿qué hay de la comunicación con
Dios? Hemos de darnos cuenta de que en el matrimonio cristiano hay
tres personas implicadas: Dios, marido y mujer. Si falta la comunicación
entre uno de los miembros y Dios, esto afectará la comunicación
entre dicha persona y su cónyuge.
8. El
elemento laboral
Cuando se valora
el trabajo casi exclusivamente por su sola dimensión económica, suele
arrastrar muchos problemas. Existen elementos unitivos de la
pareja que pueden ser dañados por un mal enfoque de la cuestión
laboral. Destacamos:
a) En las grandes
ciudades, el tiempo de los transportes (con su correspondiente dosis
de estrés) resta horas a la vida común. Si se hacen horas
extras, el problema se incrementa.
b) La disparidad
de horarios laborales desajusta las horas de las comidas, que no sólo
tienen la función alimenticia, sino que son un momento
privilegiado para la comunicación.
c) Las distintas
amistades laborales del hombre y la mujer cuando ambos trabajan, pueden
ser fuente de tentaciones.
9. Falta de
creatividad.
Si el matrimonio
no es creativo, la pareja se hace repetitiva y obsesiva. Por
supuesto que por creativo no podemos entender, exclusivamente,
tener hijos. La creatividad ha de abarcar todos los elementos
antes descritos. A continuación destacamos por su importancia el
aspecto de la comunión espiritual dentro de la iglesia local.
Tenemos un buen ejemplo de esto en el matrimonio formado por Priscila y Aquila (Hc 18) (Rm 16:3) (1 Cor 16:19) (2 Tim 4:19). Constituyen un matrimonio cristiano modelo. Siempre que aparecen en las páginas de las Sagradas Escrituras se hayan o sirviendo, o enseñando u ofreciendo la hospitalidad de su casa a la iglesia de la ciudad donde temporalmente residen. El encuentro de Pablo con ellos en Corinto (Hc 18:1 3) fue factor importantísimo para el adelanto de la obra en sus etapas iniciales y servía de consuelo para el apóstol en un momento cuando de forma especial se daba cuenta de su debilidad en lo físico y de la presión de las circunstancias (1 Cor 2:3). Más tarde estuvieron en Efeso, donde instruyeron a Apolos en la fe (Hc 18:18 28). Posteriormente su casa fue el hogar de la iglesia en Efeso durante el ministerio de Pablo en aquella ciudad (1 Cor 16:19). Más tarde volvieron a Roma, pero (2 Tim 4:19) indica otra estancia en Asia. Como Pablo mismo, eran fabricantes de tiendas, de modo que sus constantes movimientos podrían obedecer a exigencias de su negocio o a sus deseos de prestar servicio a las iglesias según las necesidades que iban surgiendo.
En (Rm 16:3) Pablo emplea tres frases elogiosas en cuanto al matrimonio: a) eran sus colaboradores en Cristo; b) en algún momento habían arriesgado su vida para salvar al apóstol, "pusieron sus cuellos por mí"; c) todas las iglesias de los gentiles les debían agradecimiento.
El hecho de que
todas las iglesias de los gentiles les debían las gracias es un
indicio de su amplio servicio, al que subordinaban todo interés
personal o comercial.
10. La
dimensión ausente.
Según la Biblia, el hombre está formado por "espíritu, alma y cuerpo" (1 Ts 5:23). Sin embargo, la filosofía humanista de nuestros días, ha reducido al hombre a cuerpo y alma, y seguramente está es una de las mayores causas de desarmonía marital.
Un filósofo de la antigüedad reconoció la importancia de la parte espiritual del hombre cuando declaró que "el vacío formado por Dios en el corazón de todo hombre no pude ser llenado por nadie sino por el mismo Dios". Salvo que este vacío sea llenado mediante una relación personal con su Creador, el hombre está condenado durante toda su vida a una actividad enloquecida e incesante en su intento de tratar de llenarlo. Algunos tratan de negarlo, otros de ignorarlo y otros de sustituirlo por una variedad de experiencias autosatisfactorias, pero todo es en vano.
La persona que niega esta realidad espiritual es como un coche de ocho cilindros tratando de funcionar con sólo seis. Será capaz de una actividad muy limitada.
Una de las excusas más comunes para el divorcio ha sido la incompatibilidad de carácter. Pero algunas de estas parejas que ahora se quejan de incompatibilidad fueron tan compatibles en los días de su noviazgo que no podían quitar las manos de encima el uno del otro. La discordia no tiene nada que ver con biología, fisiología o funciones físicas, sino con pecados espirituales.
Cuando el hombre rechaza el gobierno de Dios para establecer su autogobierno, está abocando al fracaso su matrimonio, ya que según describe la Palabra de Dios, las obras de la carne son: "adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas" (Gal 5:19 21).
Al negar a Dios en
su vida, está perdiendo toda posibilidad de ayuda exterior, que por
otro lado le es necesaria para vencer sus propios pecados y hacer
posible la convivencia con el otro cónyuge.
FASES EN QUE
LAS CRISIS SE PRESENTAN CON MAYOR FRECUENCIA.
En este punto es
difícil generalizar. Las tensiones graves pueden aparecer en cualquier
momento, sin embargo, pueden señalarse las siguientes:
1. El primer año.
Son más bien
excepcionales las parejas cuya luna de miel dura más de un mes.
La convivencia íntima pone al descubierto rasgos de carácter,
modos de ser y reaccionar, que antes de la boda habían pasado
inadvertidos. El proceso de acoplamiento es más bien un continuo
enfrentamiento, lo que, lógicamente, a menos que predomine la
sensatez, hace peligrar la buena armonía.
En unos primeros momentos, una vez pasadas las euforias que se traducen en el agrado desmesurado hacia el otro, se desarrolla una auténtica batalla de poderes. En su inicio suele ser latente pero, hacia el segundo año de convivencia, se plantea abiertamente.
Se produce una
especie de desencanto en la pareja. Este es proporcional a las expectativas
que se habían fantaseado durante el noviazgo.
Quizá haría falta advertir a las esposas, que después de casadas abandonan su cuerpo y su alma, mostrándose muy distintas de la manera como su prometido las conoció.
Cuántos esposos
no sufren una rápida decepción, incluso pocos días después
del matrimonio. La mujer se considera "segura", no pone
lo más mínimo de su parte en aparecer ante el esposo agradable, atractiva
y renuncia a gustarle. Esta dimisión, tanto de espíritu como de
sentimientos, se refleja en toda su persona y acaban por ofrecer
a sus esposos las imágenes más causantes de desesperación que
he conocido, tanto por el descuido de toda su persona como en sus detalles,
tanto en público como en la intimidad; descuida su higiene, su
piel, sus cabellos, su vestido... ¿Para qué, además, si ya
está casada? Ni aun su labor en el hogar, como esposa y como
madre, escapa a esta infeliz situación. No tiene las cosas en su punto,
y da la impresión de que se pasa el día perezosa y somnolienta,
cuando ella misma encuentra su situación más que desgraciada.
El nerviosismo es continuo, pues el tiempo le viene pisando los
talones, se le pegan al cuerpo y éste a la cama cuando ya está
el día avanzado. ¿Podría el amor resistir las embestidas de
esta insensibilidad?
Lo que en los
maridos había de verdad, podemos aplicarlo también a ellas.
Cuando estaban prometidas, eran aduladas, festejadas, regaladas;
sus galantes no encontraban suficientes sustantivos ni calificativos
para describirlas y cumplimentarlas. Pero lo que dijimos en
cuanto al descuido de las esposas es aplicable a los maridos. Llegada
la boda, se instalan cómodamente en el matrimonio; una vez franqueado
el portal del nido, se conducen como el conquistador en terreno conquistado,
creen que ya no hay necesidad de tener más miramientos, ni
gentilezas para la esposa.
2. Entre los cuatro y ocho años.
Superada la
primera fase crítica, suele aparecer una segunda entre los
cuatro y los ocho años después de casados. Los hijos, el caso más
normal, acaparan la atención, el tiempo y el cariño de la
madre, de tal modo que paulatinamente el esposo se ve privado de
la parte que le corresponde. Por otro lado, es la época en que
el hombre suele hallarse absorbido por sus afanes profesionales,
lo cual le lleva a recortar más y más el tiempo que debiera
dedicar a su familia.
A menudo hay en
esta doble experiencia una relación de causa a efecto. Si tales hechos
no se descubren y corrigen a tiempo, cada uno de los cónyuges
irá encerrándose cada vez más en su mundo particular y
distanciándose del otro. Al final, ambos acabarán en la más
completa soledad. Los riesgos de esta situación saltan a la
vista del menos inteligente.
Con frecuencia
existe una gran diferencia entre la época de novios y la del matrimonio.
Si al prometerse en matrimonio el hombre era el "queridito",
el "amor", el "mi vida", cuando llega el
primer hijo al feliz hogar, las cosas cambian, y más cambian
cuando el fruto del amor se multiplica con más hijos todavía.
La esposa es madre, pero en su nuevo papel de madre, muchas
esposas olvidan que no pierden el calificativo de esposas. Pero
las dificultades comienzan cuando la madre y esposa no sabe
distribuir su cariño entre los hijos y el marido. El esposo se
convierte en un compañero de casa, es el que trae el pan,
indispensable y necesario. Se tiene muy en cuenta el trabajo del padre
y con ello cree la esposa haber terminado su tarea pues al fin y al
cabo le está agradecida. La esposa no ve a menudo que el esposo vuelve
a casa fatigado y rendido, física y moralmente, y que es en estos
momentos cuando tendría la necesidad de cariño y de una demostración
de afecto.
3. El Climaterio.
Si bien se dice
que al amor conyugal le pasa como al vino, que con el paso de los años,
va perdiendo "cuerpo" y color, pero va ganando en grados,
sin embargo, un tercer período crítico es el climatérico,
tanto en el hombre como en la mujer. A los cambios físicos que
se inician alrededor de los cuarenta y cinco años (esta edad es más
bien convencional y puede variar considerablemente) se unen otros
de carácter psíquico. A esta altura de la vida, cuando ya se
vislumbra el inicio del declive, se han recibido muchos golpes,
han surgido muchos problemas, no siempre resueltos, se han
marchitado muchas ilusiones, no todas las reflexiones han tenido
efectos positivos, suelen hacerse más hondas y frecuentes las
depresiones.
Todas estas
circunstancias pueden poner a prueba una vez más la estabilidad
del matrimonio. Muchas parejas que sortearon con mayor o menor
fortuna los escollos de las fases críticas anteriores, han estado
a punto de naufragar, o han naufragado, en esta época de la vida.
La crisis del climaterio tiene muchos puntos de semejanza con la de
la adolescencia. Destacan sobre todo la inestabilidad emocional en
un momento en que precisamente los sentimientos se hacen más intensos.
Y si los esposos no se asen fuertemente para atravesar este
período más unidos que nunca, se exponen a experiencias tan amargas
como destructivas.
CONCLUSIONES.
Todo lo que hemos dicho puede resumirse en las siguientes palabras: Fuera de la comunión con Dios no hay manera posible de que el amor entre un hombre y una mujer sea auténtico y duradero. En otros términos, las relaciones de un hombre y una mujer, aun aquellas de la vida física, están subordinadas a las relaciones de estos mismos dos seres con su Creador.
Esta es una verdad
fundamental que precisa ser explicada con la Biblia en la mano.
En general, ha de
admitirse lo devastador del pecado en las relaciones humanas, incluidas
las conyugales, y la incapacidad moral del ser humano, aunque sea creyente,
para reparar por sí mismo un matrimonio cuarteado. Pero, sobre
ese fondo negativo, debe proyectarse la luz de las promesas de
Dios a favor de quienes se someten a la acción de su Espíritu
Santo. El fruto del Espíritu es "amor (el amor maravilloso
descrito en 1 Cor 13), gozo, paz, paciencia,
benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio" (Gal
5:22 23). Contra tales virtudes, no hay obra de la carne que
prevalezca. De ellas brotan la comprensión, el perdón generoso aun
para los pecados u ofensas más graves, la capacidad para reemprender
el camino de la esperanza. El Dios que hace nuevas todas las
cosas puede hacer surgir, lo ha hecho muchas veces, de entre las
ruinas de un matrimonio deshecho el edificio de un matrimonio
nuevo con posibilidades insospechadas de mutua satisfacción.
En el
reconocimiento humilde de nuestras imperfecciones, y en el arrepentimiento
y perdón mutuos que ambos cónyuges se otorgarán generosamente
y por la gracia abundante que juntos buscarán del Señor, como
se ha de hacer en todas las relaciones interpersonales, estriba
el gran poder y el atractivo del matrimonio cristiano. (Jud
24 25) "Y a Aquel que es poderoso para guardaros
sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con
gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea
gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los
siglos. Amén".